Uruguay siempre fue tierra de campo, de madrugadas frías y de manos que conocen el ritmo del ordeñe. Yo nací en ese entorno, y uno de mis primeros trabajos fue ordeñar a mano, un oficio duro, paciente y lleno de respeto por el animal. Ese contacto directo marcaba la vida rural y la identidad del productor. Con el paso del tiempo, ese método fue quedando atrás. Llegaron las primeras máquinas de ordeñe y, más recientemente, tecnologías que hace unos años parecían ciencia ficción. En la última Expo Prado me sorprendieron las ordeñadoras automáticas: equipos que trabajan solos, guiados por sensores y láseres que limpian la ubre, ordeñan y registran la…




